El mensaje final, incrustado en un libro encantado, decía: “Los mundos que amas merecen ser compartidos. No cierres puertas; abre portales.” Marcos sonrió. Antes de desconectarse, dejó un cartel en la entrada de la ciudad flotante: “Bienvenido. Trae tu historia.” Los códigos se habían canjeado, pero su efecto persistió. Amigos que no se hablaban volvieron a jugar; niños crearon réplicas de la ciudad; en foros, gente contó cómo los objetos de Bedrock se fusionaron con las complejas máquinas de Java para lograr construcciones imposibles. El sobre vacío quedó sobre la mesa; la tinta ya no decía solo “códigos”, sino “puentes”.