Cuando le tocó a Ana, todo fue simple. Sacó un papel arrugado, leyó una lista de nombres—los de su familia, los del puerto—y los pronunció en orden, como si repasara un inventario de cosas queridas. Los miró uno por uno, con la calma de quien habla con el mar. Sucedió algo en la sala: la marea de la gente se calmó. No se trataba de técnica perfecta, sino de la verdad que se sostenía en su voz.